viernes, 13 de febrero de 2009

La parábola de la vaca



Un sabio y su discípulo caminaban de pueblo en pueblo intentando ayudar con su sabiduría a todos aquellos que podían necesitar su ayuda, un enfoque, una reflexión o un consejo para mejorar su situación.

Este sabio alcanzó gran reconocimiento por los pueblos más pobres de Surlandia dada su enorme capacidad para buscar soluciones a imposibles. Su discípulo lo tenía en gran estima y le procesaba una profunda admiración por su sabiduría.

Un día el sabio y el discípulo encontraron una familia muy pobre. Todo su sustento giraba en torno a una vaca. Una simple y solitaria vaca. La vaca daba leche y una parte de esta leche la vendían por unas pocas monedas en pueblos y mercados cercanos. Otra parte se utilizaba para alimentar a los más pequeños y la parte restante se utilizaba para hacer queso con el que se alimentaban los mayores. A pesar de la precaria situación, la familia se había habituado a este medio de vida, y mal que bien, apenas lograban sobrevivir y salir adelante.

El discípulo preguntó al Maestro si podía hacer algo para mejorar la vida de aquella familia. Era un problema complejo. El Maestro tras un tiempo de reflexión le pidió al discípulo que le trajera la vaca, la llevo paseando hasta un precipicio, y ante la atónita mirada del discípulo, aquél arrojo la vaca al vacío. Acto seguido ordenó al discípulo continuar su camino hacía otros lugares, abandonando a la familia tras de sí. El discípulo apenas daba crédito a la resolución del maestro. Por primera vez dudó de su juicio y pensó verdaderamente que la senectud lo había hecho enloquecer. Sin embargo, la fidelidad debida le hizo seguir sus pasos, aunque con profunda pena y preocupación por aquella familia y su futuro.

Transcurrió un año entero sin que el Maestro diera una explicación sobre su actitud, y sin que el discípulo por respeto se la pidiera. No había dejado de preguntarse ni un solo día que habría sido de aquella familia a la que arrebataron el sustento. Las dudas sobre el maestro se habían disipado nuevamente, ya que durante este tiempo el Maestro había vuelto a dar muestras de sabiduría y cordura. Sin embargo aquel episodio seguía inquietando al discípulo.

Un día, el Maestro decidió que había que volver y ver que había sido de aquella familia. Cuando llegaron, el discípulo apenas daba crédito a cuantos cambios a mejor se habían producido. La familia había dejado atrás la precariedad de su vida anterior. Ya no se podía decir que fuera una familia pobre.

El padre de familia al verlos, salió a su encuentro y le agradeció profusamente al Maestro todo lo que había hecho por ellos. El discípulo curioso y perplejo preguntó cómo habían logrado subsistir al despeñamiento de la vaca y en qué forma el Maestro les había ayudado, a lo que el padre respondió: Mientras tuvimos la vaca no tuvimos que buscar otra forma de salir adelante. Subsistíamos y siempre pensábamos en qué hacer para mejorar la situación, pero sólo pensábamos. Al quitarnos la vaca, estuvimos obligados a salir adelante sin ella. Así de sencillo. El discípulo comprendió entonces cuan inmensa era la sabiduría de su Maestro, y cómo, en ocasiones, la única forma de resolver un problema es enfrentándolo.